El timbre del teléfono la sacó de ese duermevela tan apacible que te atrapa justo a la hora de levantarte y que te hace plantearte si realmente merece la pena levantarse o seguir durmiendo cinco minutos más. El teléfono seguía a lo suyo. Era el típico timbre de toda la vida, el de los teléfonos de disco, el de los años 80. Es curioso pensar que hubo una época en la que pagamos por melodías de la canción de moda para el móvil y ahora dejamos el mismo timbre.
— Es un timbre vintage, pero me gusta —pensó Marla y se apresuró a mirar la pantalla.
Era Melisa, una amiga suya que vivía en León y a la que hacía tiempo no veía. No lo cogió. No tenía ganas de hablar con ella, era muy insistente con temas que no tenía ganas de discutir. No sin tomar el primer café de la mañana.
Se levantó de la cama. Eran las 9:30 am de un miércoles. Se asomó a la ventana y llovía, esa lluvia fina que solo tenían en el norte de España, en Asturias le llamaban “orbayu”. Pensó en volver a la cama, pero desechó la idea rápidamente.
Puso a hacer café y repasó mentalmente todas las tareas que tenía que hacer:
10:00 – 13:00 Sesiones con clientes.
13:00 – 13:30 Café
13:30 – 14:30 Publicar en redes sociales.
14:30 – 15:30 Comer
15:30 – 16:00 Descanso
16:00 – 18:00 Impartir un curso en directo
Abrió Google Calendar en el móvil mientras tomaba el café para confirmar que su memoria no la traicionaba. En efecto, todavía podía presumir de que no se le olvidaban las cosas.
Ese día no había colegio, por eso su agenda era un poco más “apretada”. Conciliar no era lo que salía en la tele, de eso se había dado cuenta hacía ya tiempo. Conciliar era muy jodido. No se imaginaba cómo lo hacían esas familias que tenían tres hijos. O sí: usaban a los abuelos.
Su hijo estaba desde el día anterior en casa de sus abuelos.
“¡Benditos abuelos!” —pensó para sí misma y añadió— Solo por esta vez, está bien—. A Marla no le gustaba nada tener que usar a los abuelos para todo. No le parecía bien disponer del tiempo de otros. Por eso había decidido trabajar de forma totalmente online.
Esa decisión marcó el inicio de la fiesta. Una fiesta de opiniones no solicitadas y de todo tipo provenientes de amigos, familiares y todo bicho viviente al que se lo contara. Marla ya pasaba de todo y de todos, pero al principio le costó bastante.
Marcó el número de teléfono de su padre para averiguar cómo estaba su hijo:
—Hola, ¿qué tal ha dormido Darío? —En su mente empezó a sonar el típico: “que no lo diga, que no lo diga, que no lo diga”, en bucle.
—Bien, está desayunando y luego nos vamos al parque. Oye, antes de que se me olvide, vi en el periódico que ha salido una oposición, por si querías apuntarte.
—Me parece muy bien. Que se apunten los interesados. Ya tienen una plaza más para ellos —dijo Marla sarcástica—. Yo ya tengo un trabajo.
—Bueno, lo de las oposiciones es un trabajo fijo, un trabajo normal.
—Te llamo luego, un beso —cortó Marla y colgó el teléfono.
Marla era ingeniera. Había trabajado durante mucho tiempo “de lo suyo”, pero en la crisis de 2008 se quedó sin trabajo, nació su hijo y sus prioridades cambiaron. Si tuviera que responder a la típica pregunta de: “¿Por qué decidiste cambiar al trabajo online?”, ella no tenía la típica respuesta. Es cierto que vio los beneficios (y desventajas) una vez que había tomado la decisión, pero la gota que colmó el vaso fue otra.
Marla era adicta a las agendas en papel, aunque planificaba en Google Calendar, también le gustaba “tocar y escribir”. Esa sensación de desenvolver la agenda nueva (con el típico olor a recién salida de la fábrica), esa cosquillas en el estómago de escribir por primera vez en ella, ese ritual de escribir, tachar y garabatear que tanto le gustaba.
El año de la decisión, había comprado su agenda y había escrito varias cosas en ella, pero un día, café en mano, estaba mirando la programación de la semana y decía un miércoles:
10:00 -13:00 Limpiar la casa
13:00 – 13:30 Café
13:30 – 14:30 Poner la lavadora
14:30 – 15:30 Comer
15:30 – 16:00 Descanso
16:00 – 18:00 Compra y recados
Lo curioso no es que fuera miércoles, sino que había varios días iguales. El café casi se le atraganta. Ahí fue cuando tomó la decisión.
Volvió a sonar el timbre del teléfono y la sacó de sus pensamientos. Era Melisa otra vez. Qué pesada. Esta vez sí lo cogió.
—Hola Melisa, ¿qué tal va todo?
—Muy bien, aquí en la oficina. ¿Qué tal el trabajo? ¿Estás echando currículums?
—No, no estoy echando nada. Yo ya tengo un trabajo.
—Vale, pero eso será temporal, ¿no? Tú necesitas un trabajo normal.
—¿Y este qué es, anormal? Tengo clientes, facturo y hago lo que me gusta. Eso para mí es lo normal.
—Vale, oye te dejo que está aquí mi jefe y me va a echar la bronca por estar hablando por teléfono. Luego te llamo.
Colgó y sonrió mientras pensaba en Melisa y su “trabajo normal”, ¿qué coño?, se rio a carcajada limpia mientras encendía el ordenador. Entró en Zoom, sacó su mejor sonrisa y saludó a su clienta:
— Hola, Sonia. Hoy vamos a por todas. Recuerda que tienes un negocio, no un hobby. Enséñame los deberes que te mandé en la sesión anterior.